Chile

2 días en Punta Arenas

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21 febrero, 2019

Día 1

Punta Arenas no entraba bien bien en nuestros planes. Siguiendo el recorrido de amigos y de blogs online, daba la impresión de que era parada obligatoria para todos, pero si comenzábamos a buscar información del sitio, parecía que lo único interesante era el avistamiento de pingüinos, y nosotros ya habíamos disfrutado de esto en Península Valdés y Punta Tombo, y a pesar de que los que nosotros vimos eran de Magallanes, y aquí eran los pingüinos Rey, decidimos ahorrarnos eso (por motivos económicos, claro está).

Así que salimos de Ushuaia bien temprano, nos encaminamos en bus hasta la salida de la ciudad cargados con las mochilas, y nos pusimos a hacer dedo, en un principio con dirección a Puerto Natales, a unos 760 kilómetros de distancia.

A los pocos minutos nos recogió un camionero muy simpático que nos acercó hasta Río Grande, su destino final, y una parada perfecta para que nosotros continuásemos. Ya habíamos recorrido unos 210 kilómetros. Perdimos un poco de tiempo, según lo calculado, porque este señor, si bien cauto y responsable, había conducido la mitad del camino a 20 km/hora.

Nos dejó en una gasolinera, donde caminamos hasta la ruta por la que continuaba nuestro camino, y continuamos con los pulgares arriba. Aquí parecía que no íbamos a tener tanta suerte, hasta que otro camión que salía de repostar nos tocó la bocina para que fuésemos con él. Esta vez, a más de 80 km/hora, pudimos adelantar la misma distancia anterior, pero en la mitad de tiempo. Con él cruzamos las fronteras de salida de Argentina y entrada de Chile, nos explicó la información que debíamos rellenar, y nos esperó para que siguiésemos el viaje con él.

Así llegamos sobre las 17:00 a Cerro Sombrero. Nuestro amigo Pep nos comentó que desde allí sale un bus los viernes a las 18:00 por 4.800$ por persona, que te lleva hasta Punta Arenas, incluyendo el cruce en barcaza por el estrecho de Magallanes.

Como ya estábamos cansados de cargar con la mochila y siendo la hora que era, no estando seguros de si alguien más nos recogería, decidimos que lo más inteligente era tomar el bus y asegurarnos algo para esa noche, así que reservamos rápido un alojamiento para 2 noches en Punta Arenas.

IMPORTANTE que cambiéis dinero y llevéis encima pesos chilenos llegados a este punto… Cerro Sombrero es un pueblo pequeño, que da la impresión de que está a medio construir, sin apenas comercios… En las terminal de bus (en la que la chica que atiende es muy amable, también hay que decirlo), no aceptan ninguna moneda ni método de pago que no sea el peso chileno en efectivo, y el único sitio de todo el pueblo donde hacen cambio de divisas es una gasolinera pequeña, donde un señor cualquier cosa menos amable cambia el peso argentino a 12 chilenos, cuando el importe real es 17… Pero nos nos quedaba más remedio, así que cambiamos 100.

Con esto pagamos al conductor de bus, y llegamos en unos cuarenta minutos a Bahía Azul, donde bajamos del puso y caminamos hasta la barcaza que cruzaría el estrecho.

Mientras la gente se quedaba en sus coches o se apelotonaba en un puesto ambulante de perritos calientes, nosotros subimos hasta la parte alta de la embarcación donde sí, hacía frío, pero disfrutamos sin esperarlo, del avistamiento de delfines o toninas overas como aquí los llaman, y pingüinos. Fue un espectáculo precioso.

Cuando llegamos a tierra en Punta Delgada, volvimos al bus y en unas dos horas llegamos hasta la principal estación de autobuses de Punta Arenas.

Desde allí caminamos hasta nuestro alojamiento de esa noche, pero la dirección estaba equivocada, contactamos con el anfitrión y él nos pagó un taxi hasta el lugar correcto, nos enseñó la que sería nuestra habitación y nos recomendó un lugar para comer a esas horas: la Tabla 21, un restobar donde probamos por 14.000$ la pichanga, un contundente plato chileno, que consta de patatas fritas, queso fundido, pollo, ternera, salchichas, tomate, huevo duro y aguacate. Una señora cena.

Día 2

Ya que sólo nos quedábamos dos noches en Punta Arenas, queríamos dedicar el segundo día a recorrerla de arriba a abajo, y a comer en los sitios típicos de la ciudad.

Bajamos caminando hasta el paseo marítimo, y lo recorrimos, disfrutando del paisaje del puerto, los cormoranes y las coloridas casitas de chapa, hasta llegar al monumento a los Tripulantes de la Goleta Ancud, que conmemora la toma chilena del Estrecho de Magallanes.

Justo al lado se sitúa una de las oficinas de turismo, donde una amable chica nos dio un mapa de la zona y nos explicó los principales atractivos de Punta Arenas.

Siguiendo sus consejos, nos dirigimos hacia la Plaza Muñoz Gamero, más conocido como Plaza de Armas, con la famosa escultura de bronce de Hernando de Magallanes a la que, según cuentan, debes tocar y/o besar su pie, si pretendes volver a Punta Arenas.

Escultura Hernando Magallanes

Rodeando la misma plaza se encuentra también la Catedral y el Palacio Sara Braun. De allí subimos al mirador Cerro de la Cruz para ver una panorámica de toda la ciudad y bajamos para continuar por la calle Avenida Presidente Manuel Bulnes, donde pasamos por delante del Santuario de María Auxiliadora y el Museo Maggiorino Borgatello, hasta llegar al Cementerio Municipal Sara Braun, catalogado como uno de los más bellos del mundo.

Desde allí el hambre empezaba a asomar la cabecilla, y teníamos muchas ganas de probar el famoso choripán y leche con plátano del Kiosko Roca, peeeero… ¡Nuestro gozo en un pozo! Era sábado a las 14, y cuando entramos por la puerta, una camarera poco (muy poco) agradable nos repitió unas tres veces que estaban cerrados desde las 13 y no abrían hasta el lunes.

Así que recogimos nuestras ganas de probarlo y nos fuimos con ellas hasta el Mercado Municipal de Punta Arenas, donde comimos una riquísima empanada de centolla y dos platos de merluza frita y a la plancha con guarnición, acompañado de vino blanco, por unos 20€ en total. Además conocimos a una pareja jovencita de chilenos, que accedieron a compartir mesa con nosotros y nos estuvieron explicando sus vacaciones por la Patagonia.

Mercado Municipal

Ese mismo día era el santo de Oscar, y como somos unos locos de los helados (si habeis leído el post de Buenos Aires ya lo sabíais), lo invité a la única heladería que parecía estar abierta, que resultó ser un kiosko minúsculo donde ofrecían solo cucuruchos con helado de máquina de nata y frutilla (fresa) con puro sabor a azúcar. Así que no, no lo recomendamos para nada.

Pero olvidamos el mal sabor de boca con el asado que nuestro anfitrión Peter organizó en su patio con todos los huéspedes de la casa, ¡el primero desde que estábamos por Sudamérica!

Y así acabamos nuestra estancia en Punta Arenas, entre carne, fuego, risas y Quilmes.

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