Argentina

3 días en Salta

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13 abril, 2019

Salta es una ciudad situada al norte de Argentina. Su nombre proviene de la tribu indígena que la habitaba antes de la llegada de los españoles. Es, quizás, una de las ciudades más bonitas del país gracias a su estilo colonial y a sus casitas blancas. También se la conoce por sus poetas y músicos, ya que no te podrás ir sin disfrutar de una cena en una de sus peñas con música tradicional en directo. A continuación vamos a contarte que hacer en Salta en 3 días.

Día 1

Nos levantamos temprano en Cafayate, desayunamos lo que nos habían preparado en el hostel (pan duro con un poco de mantequilla y miel, y café en saquito con leche en polvo…), y caminamos hasta la Terminal de Ómnibus, donde cogimos un bus con la empresa Aconquija a las 10:30 y llegábamos sobre las 14:00 a la Terminal de Salta, por unos 350$ cada uno.

De allí tomamos el bus 2B y en menos de media hora estábamos en la esquina de nuestro nuevo alojamiento, una habitación privada en casa de Miguel, un encantador señor que vive con su adorable perrita Lila. En principio nos quedábamos tres noches por unos 25€ en total. El sitio era pequeñito, pero limpio y sobre todo, con la cama más cómoda en la que habíamos dormido hasta ese momento del viaje. Fue uno de los lugares donde mejor descansamos, y estuvimos muy a gusto allí.

Como llegamos hambrientos, Miguel nos recomendó un sitio donde hacían bandejas de comida casera para llevar por 120$. Fuimos hasta allí y pedimos guiso de frangollo y tallarines con carne. ¡Dios mío, qué bueno estaba todo! El guiso de frangollo está hecho de maíz triturado, zapallo amarillo (calabaza), cebolla y pimentón. Estaba exquisito, no bromeamos; y los tallarines, más de lo mismo. Todo especialmente rico y muy abundante. Ya sabíamos dónde íbamos a comprar la comida cada día. El Brasero Catering, tomad nota chicos.

Por la tarde estuvimos paseando por el centro. Caminamos hasta la Plaza 9 de Julio, la principal, donde se fundó la ciudad, no sin antes parar en Fili Helados a zamparnos un helado de dulce de leche y mango. Lo siento, somos adictos ya.

Plaza 9 de Julio

De allí fuimos al Ministerio de Cultura y Turismo de Salta, donde una amable mujer nos indicó las principales cosas que hacer por allí.

Por el Centro Histórico podéis encontrar la Catedral Basílica de Salta, un precioso edificio de color rosado declarado monumento histórico nacional; el Museo de Antropología de Alta Montaña, donde nos quedamos con ganas de entrar a ver las momias de los niños de Llullaillaco, pero preferimos ahorraros la entrada; o el austero edificio del Cabildo Histórico de Salta, el mejor conservado de Argentina, que alberga en su interior el Museo Histórico del Norte.

A pocos metros se encuentra la Iglesia de San Francisco, con su fachada de colores rojo, blanco y mostaza, y un campanario que, con sus 54 metros de altura, se posiciona como el más alto de Sudamérica. Es probablemente el edificio más bonito de la ciudad. Verlo de noche no tiene desperdicio.

Un poco más alejado está el Mercado Municipal de San Miguel, un espacio bullicioso y grande, con puestos de comida y artesanías, donde encontramos la ganga que nos hizo más felices: 1 kg de nueces peladas por 5€. No nos lo pensamos, y compramos 500 gr del tirón. ¡No sabéis lo caras que las habíamos visto hasta ahora, tanto en Argentina como en Chile!

También cambiamos dinero en DAVSA, 43,5 pesos por euro, para evitar sacar dinero con la tarjeta y tener que tragarnos las desproporcionadas comisiones que nos aplican los bancos argentinos.

Día 2

El segundo día madrugamos y, después de encontrarnos con el desayuno que nos había dejado preparado Miguel (¿veis como era un amor?), cruzamos la calle para tomar el bus 7 hasta San Lorenzo, un bonito y verde pueblo a 1.450 metros sobre el nivel del mar, que se encuentra a 20 minutos de Salta.

Vistas desde la Quebrada de San Lorenzo

Allí, después de pasar por la oficina de turismo, caminamos hasta la Quebrada de San Lorenzo, una preciosa reserva natural que se encuentra dentro de las Yungas o selvas húmedas en las laderas de montaña.

Es un sendero de unas 3 horas de duración total máxima, en el que se cruzan unos hermosos paisajes de un verde intenso que nos dejó enamorados.

Cierto es que fuimos un día en que las condiciones no eran ni mucho menos las más adecuadas… Hacía varios días que llovía por la zona y todo el camino se encontraba medio embarrado y húmedo. Tuvimos que cruzar un par de veces el río, más caudaloso de lo habitual debido a estas mismas lluvias, y en una de esas la ágil Tatiana metió la pierna hasta el tobillo en el agua, y más tarde Oscar, en un intento de ayudarla a cruzar de vuelta, se acabó resbalando y casi pensábamos que se había hecho un esguince.

¡Pero no! Volvimos a casa sanos y salvos, con los bajos del pantalón llenito de barro, y con el recuerdo de un sitio precioso que vale muchísimo la pena visitar.

Llegamos a Salta justo antes de que la tienda de comidas cerrase, así que nos fuimos a casa con dos bandejas bajo el brazo. Hoy tocaba pollo al horno con ensalada y puré de mixto.

Tras jugar un rato con Lila, descansar y ver algún capítulo de The Terror (ya nos habíamos fulminado Peaky Blinders), caminamos hasta la plaza con el Monumento 20 de Febrero, y de allí bajamos hasta la Avenida San Martín, que recorrimos entera para acabar en el Mercado Artesanal de Salta.

Era, hasta la fecha, en el mercado que más me gustó. Venden auténticas monerías hechas a mano, que van desde muñequitos con trajes tradicionales hasta lamparitas hechas con corteza de cactus o palillos con forma de llamas. ¡Nos lo habríamos llevado todo! Lástima que cada cosa extra en la mochila sería una tortura con la que habríamos de cargar cuatro meses más…

A las 9 de la noche Miguel nos había hecho una reserva en La Casona del Molino, una de las tantas peñas que caracterizan la ciudad.

Una peña folkrórica es un restaurante que ofrece comida regional mientras cenas con música tradicional en directo y una buena onda que no tiene precio. Pero, ¡ojo!. No todas las peñas han mantenido este ambiente. La calle Balcarce está llena de ellas, más turísticas imposibles, con precios desorbitados y una cena más temática que tradicional.

La Casona del Molino ha sabido mantener este ambiente salteño que tanto nos gustó.

Pedimos para compartir locro, lomo casonero, una botella de litro de Quilmes 1890 y para rematar, un helado almendrado. ¡La virgen, que exquisitamente bueno estaba todo!

El locro es un guiso a base de zapallo (calabaza), porotos (judías), maíz o papas. Una delicia, no es broma. Sabemos que igual no es lo ideal para cenar… Pero es tan típico, teníamos tantas ganas de probarlo y tenía tan buena pinta… Acertamos, desde luego.

Por si no era suficiente, el lomo casonero era un platazo digno de ser compartido entre tres, que constaba de una pieza de 400 gr de lomo, patatas fritas, dos huevos fritos y una salsa de tomate, cebolla, pimientos morrones y vino torrontes. Hell, yeah!

Mientras degustábamos estas delicias, íbamos hablando entre nosotros y preguntándonos cómo sería la experiencia de estar en una peña (por eso de la música y tal), cuando, de buenas a primeras, los dos hombres que teníamos al lado sacaron una guitarra y se pusieron a tocar y cantar con un par de vozarrones espectaculares.

Estuvieron interpretando diferentes canciones populares salteñas y argentinas, ¡e incluso cantaron una de Serrat porque sabían que éramos de Barcelona!

La verdad, fue una noche mágica que nos hizo salir de allí enamorados de la noche (y la gastronomía) salteña.

Día 3

Nos sentíamos tan a gusto en Salta, que acabamos pidiendo a Miguel si podíamos quedarnos una noche más, que nos dejó por 350$… Una auténtica ganga, con el único inconveniente de que tendríamos que movernos a una habitación más pequeña y con dos camas, porque la nuestra ya estaba reservada.

Por la mañana estuvimos haciendo el cambio de habitación y dejándolo todo despejado para que Miguel pudiera preparar el cuarto para los siguientes invitados y para comer volvimos al lugar de comidas caseras para llevar.

Por la tarde caminamos hasta el Monumento al General Güemes, ubicado al final del Paseo Güemes, y desde allí subimos los 1.021 escalones que llevan hasta la cima del Cerro San Bernardo, a 1.472 msnm, desde donde se ve toda la ciudad.

Cerro San Bernardo

Parece mucho, pero no se hace tan largo; en menos de 40 minutos estás arriba. Aun así, para los que prefieran un poco más de tranquilidad, hay un teleférico que, por 200$ te sube a la cima en 8 minutos.

Allí arriba hay una confitería, un pequeño mercado artesanal, una especie de gimnasio al aire libre (parecido a lo que hay en la Barceloneta) y leímos que también había unas cascadas artificiales que, en nuestro caso, lo único que vimos fueron distintos espacios secos sequísimos que igual en otra vida habían contenido agua.

Teleférico para los vaguetes

Al bajar (también caminando) decidimos que nos habíamos ganado un helado, y esta vez fuimos a la Heladería Rosmari, a pedir lo de siempre (así os ahorro el volver a leerlo).

A la vuelta pasamos de nuevo por la casa de cambio y fuimos al mercado a reponer nuestras existencias de nueces (sí, nos gustan tanto o más que el helado de dulce de leche).

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Hola! Somos Tati y Oscar. Una joven pareja que un día decidió unir sus caminos con un mismo propósito... Explorar todos y cada uno de los rincones de este maravilloso planeta llamado Tierra

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